La otra cara de la realidad económica española (3). ¿Qué diagnóstico es el correcto?


Si el problema fuera, de verdad, el pago de la deuda pública, se debería penalizar [políticamente] de forma más directa ésta en lugar de actuar con tanto celo y rigidez sobre el déficit. O cuanto menos, habría de escalonarse el objetivo de déficit en diferentes tramos en función de los distintos niveles de endeudamiento. Así, asumiendo que con un deuda del 60% sobre el PIB el déficit máximo deba ser el 3%, con una deuda del 80% se debería establecer un déficit inferior al anterior, y con una deuda 100 o más % otro todavía más bajo.

Pero igualmente, se debería incorporar un factor de corrección en función del PIB de cada país; porque a mayor PIB mayor capacidad (TEÓRICA) para generar los recursos necesarios con los que sostener porcentajes altos de deuda y también de déficit. Es el caso del Reino Unido, que con un déficit del +- 9% (similar al de España) y una deuda pública del 84% (todavía muy superior a la nuestra, de +- el 72%) mantiene una solvencia impensable en cualquier economía pequeña. Lo cual tiene mucho que ver con el dinamismo y nivel de endeudamiento en el sector privado: cuanto más condicionado esté éste por las obligaciones de su propia deuda menos margen tendrá para alimentar al sector público. Máxime si las inversiones causa/origen de la citada deuda de familias y empresas no arrojan los retornos esperados (como sucedió en España).

En tiempos de crisis, un criterio de política económico-financiera no tan centrado en el déficit público fomentaría de forma más objetiva el crecimiento y la competitividad, no sólo el recorte por el recorte. Aquellos estados con endeudamientos todavía por debajo de sus hipotéticos techos podrían administrar mejor sus déficits y, sobre todo, a ritmos más convenientes; en tanto que aquellos otros que ya hubieran alcanzado o sobrepasado dicho techo, se verían incentivados a incrementar/estimular su PIB (p. ej., reubicando partidas) como una medida alternativa/complementaria a la de recortar.

Priorizar la reducción del déficit en el momento más delicado de una economía en buena lógica precipitará su caída. Primero habrá que impulsar dicha economía recortando allí donde el crecimiento no se vea amenazado.

El matiz está en dónde se pone el foco, si en reducir la diferencia entre los ingresos y los gastos de cada concreto ejercicio económico o en minorar el ratio acumulado DEUDA PÚBLICA/PIB del país.

Pero al considerarse el déficit como la principal palanca generadora de nueva deuda y, sobre todo, asociarse a un riesgo grave de impago, se toma su reducción/supresión como el único instrumento válido para cumplir con el objetivo general de control del endeudamiento. Sin embargo, con este criterio, un país puede ver reducido su déficit público y ser felicitado por ello en tanto, por haberse afectado negativamente su PIB (en buena parte a causa de una política exclusiva de recortes), experimenta un incremento en su nivel de endeudamiento: el teórico verdadero problema cuya solución se hace pasar por el control estricto del déficit. Éste ha sido el caso de Italia, que tras haber logrado reducir su déficit público desde el 4,6% al 3,99% a visto su endeudamiento crecer hasta alcanzar un máximo del 120% desde el anterior 118,7%.

Como conclusión, ¿qué sentido tiene gastar menos si uno se endeuda más?

El propio déficit público se puede ver incrementado como consecuencia de los recortes al reducirse las fuentes de ingreso del Estado más de lo que el mismo logra ahorrar. Todo a causa de una reducción de la actividad provocada tanto en el sector público como en el privado.

Siguiendo al Premio Nobel Paul Krugman, recortar en recesión es como quitarle comida al hambriento.

Por suerte para Italia, su sector privado no sufrió una burbuja como la española, por lo que hoy puede mantener un nivel de actividad suficiente para alimentar, vía impuestos, el desmesurado endeudamiento de sus administraciones públicas. Cualquier país que tenga margen para invertir en el sector privado podrá tolerar mejor el endeudamiento público. Ahora, un país sobrecargado de deuda en su sector privado (como España) sufrirá más para pagar su deuda pública incluso si la misma está en niveles aparentemente tolerables.

De ahí que el problema de España sea primero un problema de deuda privada antes que de deuda pública, aunque los vasos comunicantes entre ambos sectores hagan pasar dicho problema rápidamente de un lado a otro.

……

Para abordar la crisis, nuestro actual Gobierno consideró que necesitaba un discurso basado en la exposición pública y ostentosa del desastre económico que había heredado. Discurso del miedo – o ‘doctrina del Shock’ – sin el cual no podría haber implementado sus reformas al ritmo que pretendía. Se pensaba, con razón pero evidenciando una alarmante falta de liderazgo, que la sociedad no se resignaría. El problema son los daños que se han provocado, ¡en sólo siete meses!, en forma de tipos de interés y primas de riesgo disparados, en huida del capital, en paralización del consumo, en rescate bancario, en subida del paro, en salida de la gente del país.

Se podría llegar a sospechar que los recortes y la subida sistemática de impuestos (IRPF, IVA, Sociedades, alcohol, tabaco) obedecen más a un pensamiento o fin ideológico, a una forma de entender el estado, que a un deseo real de superar la presente coyuntura/realidad de crisis económica. Dicho objetivo ideológico consistiría en reducir a su mínima expresión, y casi a cualquier precio (cual liquidación), el ámbito de lo público conforme el más puro planteamiento liberal; si bien, en este caso (para acelerar el proceso), recurriendo a una política de subida de impuestos junto a la ortodoxia de los recortes. Estos impuestos ahogarían definitivamente la capacidad y actividad de las capas medias (pymes, autónomos y asalariados – principales sostenedores del Estado -) y/o las arrojarían hacia la economía sumergida.

¿Pero por qué el gran empresariado acepta esto? Quizá por el ‘botín’ que se puede esperar de ese nuevo espacio público y privado liberado. Se daña la economía/actividad privada que sustenta la pública con la excusa de sanear esta última para luego ‘reconstruir’ ambas a precio de saldo. Bienvenida la oligarquía.

En esto, o se es liberal o se es socialista: o se aumenta la presión fiscal (contra el ideario liberal) o se recorta (conforme el ideario liberal), pero las dos cosas aplicadas a la vez de forma tan sesgada y arbitraria, siempre sobre las capas medias, sólo lleva al estrangulamiento económico de éstas y a la total polarización de la sociedad.

Lo cierto es que, se piense bien o mal, no nos están dejando margen, ni en lo económico ni en lo moral. Nos están vetando creer en lo que somos, en lo que tenemos y en lo que hemos hecho. Sólo se habla de ‘recortes’ y de la inviabilidad del modelo: en sanidad, en educación universitaria, en el marco de organización territorial, en las pensiones, en las prestaciones por desempleo – justo ahora, cuando más sentido tienen los instrumentos de solidaridad y proximidad al ciudadano ante la reconocida imposibilidad de generar empleo y crecimiento.

Algunos de nuestros principales activos y logros como comunidad han sido objeto de las peores descalificaciones. Incluso el mérito del sector exportador (nuestro clásico ‘talón de Aquiles’), capaz de tomar el testigo económico en el 2009 pese a nuestra escasa competitividad (sobre todo con el euro), era relativizado por el Presidente Rajoy en el Congreso en una de sus primeras intervenciones. Los propios empresarios tuvieron que salir al paso con una declaración donde ponían en valor nuestras virtudes y capacidad. Y es que nunca un gobierno había sido tan nefasto embajador de su país. Que si sobran profesores, que si sobran Universidades, que si sobran funcionarios. Aunque fuera cierto, su expresión pública al cabo de llegar al poder delata un discurso totalmente carente de ideas y de liderazgo. Así es como se termina deprimiendo a los datos macroeconómicos. Deprimiendo y enfrentando a la gente.

Si yo tuviera que pedir alguna ayuda pública allí donde todavía la hay, probablemente no lo haría, pero por pensar que o ya la han quitado o que resulta del todo inalcanzable. Un pensamiento que, compartido por muchos, nos lleva a perder un sinfín de medios y oportunidades.

El mensaje repetido de que ‘no hay dinero ni financiación para más’ ha de ser contrarrestado con otros mensajes que impidan un efecto demoledor sobre el propio ánimo y moral de las personas (actores económicos). De lo contrario, la reflexión que uno puede hacer es: ‘si la situación es tan mala que ya sólo cabe desmontar lo que habíamos construido – de lo cual nadie es responsable -, ¿para qué seguir intentándolo? Que se liquide todo en tanto vamos emigrando’.

En cualquier depresión (no sólo económica), hace falta aliento, confianza e inspiración, no sólo ‘pastillas’. Se trata de entender y atender a la gente en sus necesidades. Tratarlas con dignidad. Nuestro marco constitucional define claramente España como un “Estado social y democrático de derecho” y es ése el modelo que debe inspirar todas y cada una de las políticas.

La realidad, sin embargo, es que un estado no puede ser social sino profundiza en su desarrollo democrático y no asegura la aplicación del derecho (la justicia). Dos cosas que están fallando en España de forma estrepitosa, y de ahí, en buena parte, las presentes consecuencias negativas para nuestro modelo social.

En algún momento del actual proceso, cuando ya sea mayoría la gente que no pueda vivir con dignidad o vea definitivamente frustradas sus expectativas, cabe esperar una virulenta reacción en contra. A dicho momento se tiende con medidas como la subida incesante de impuestos a las clases medias/populares; la supresión y recorte de todo tipo de servicios y prestaciones públicas; la reducción generalizada de salarios (primero en lo público y luego, sobre ese techo referencial, en lo privado); los despidos masivos.

Todo lo anterior acompañado de la impunidad y falta de responsabilidad tributaria, política y judicial para las clases dirigentes y aquellas más favorecidas (algo propio de regímenes despóticos).

¿Cómo se pueden admitir indemnizaciones multimillonarias para banqueros responsables de quiebras y estafas? ¿Cómo se amnistía a defraudadores sin ninguna medida ni mensaje contundente que vele para que no puedan volver a defraudar en el futuro? Así, no sólo no se reparte el sufrimiento sino que se amplía, aísla y agudiza el mismo para beneficio descarado de una minoría.

……

No siendo el interés nacional lo que explica las presente políticas, solamente se pueden entender cambiando el foco del problema: concluyendo que el problema actual no es tanto un problema de deuda (de capacidad de los países para abordar el pago de sus respectivas deudas – excepción hecha de Grecia por motivos que podremos explicar -) como de financiación (de acceso a la financiación); pero como consecuencia de una falta de liquidez alarmante dentro del sistema bancario europeo (NO SÓLO ESPAÑOL), particularmente por decisión de Alemania. Ésta, tras afrontar con medidas de estímulo la sorpresiva crisis de las ‘subprime’ del año 2008, impone ahora el estrangulamiento financiero al resto de países de la Zona Euro.

En este momento, Alemania, con su economía funcionando casi al 100%, no tiene ningún interés en introducir cambios que le puedan perjudicar a corto plazo (por ejemplo, con un aumento en su nivel de inflación – por otro lado necesario para que los demás países les podamos exportar -).

Los bancos alemanes ya fueron recapitalizados tras su contaminación por los activos tóxicos americanos (crisis que, de forma directa, apenas nos tocó a nosotros; aunque ya tuviéramos incubada la inmobiliaria) y, desde entonces, lo único que les preocupa es evitar que los préstamos que nos dieron durante la burbuja puedan resultar igualmente fallidos. Pero para ello, descartada una liquidez barata para los estados que estamos en peor situación al no admitirse una inyección directa de la misma por el BCE, la única alternativa que nos dan es la supresión del déficit: el evitar que incurramos en ningún tipo de gasto que no podamos abordar con los ingresos de la recaudación para, así, no tener que acudir de forma extraordinaria a los mercados financieros. Pero lo anterior, sólo a través de los recortes, no del crecimiento (que implica nueva inversión y por tanto más dinero).

Sin embargo, con la recaudación cayendo por causa de la crisis, lo anterior nos lleva a un claro bucle:Recorto porque no ingreso lo suficiente para mantener mis estructuras y porque tampoco me puedo financiar, pero dado que mis ingresos siguen cayendo (en buena parte a causa de esos recortes), me veo en la necesidad de tener que volver a recortar; y así sucesivamente’.

Desde el lado alemán, favoreciendo que las cosas sigan igual, está el que las crisis periféricas facilitan sus exportaciones fuera de Europa al contener la apreciación del euro; que los problemas de nuestra deuda mejoran las condiciones de la suya al considerarse como un activo refugio; que la capacidad de compra del euro les permite dar salida a su producción industrial también dentro de Europa; que la ausencia de más liquidez sostiene su inflación y evita la importación de productos de fuera.

Sin embargo, no parecen querer entender que la asfixia de los estados periféricos les acabará asfixiando también a ellos: que sus exportaciones (principal componente de su PIB), al depender casi en un 70% del consumo del resto de países de la Zona Euro, se desplomarán a medio plazo si no cejan en su empeño de gestión cortoplacista de la crisis.

Y aquí es donde entra, de nuevo, en juego el BCE (al igual que durante la formación de las burbujas): la única institución capaz, si se la deja, de inyectar esa liquidez que el continente necesita. Básicamente, a través de la compra directa de bonos estatales como medida para enfriar a ‘los mercados’. El tráfico comercial europeo con otras regiones del mundo ya no va a traer ese dinero fresco que nuestra economía (europea) necesita. Al contrario, el dinero se seguirá yendo allí donde están la manufactura y las materias primas. Sencillamente, Europa se ha quedado sin más recorrido para captar riqueza en el comercio/economía global. Por ello no nos queda más remedio que o bien dotarnos nosotros mismos de dichos fondos vía Banco Central o bien salir a pedir esa liquidez fuera (en ambos casos, bien por separado o con ‘eurobonos’). Todo con un objetivo: actualizar nuestro modelo económico-productivo para, algún día, volver a ser competitivos.

Pero por un motivo o por otro, básicamente de divergencia entre los intereses de los distintos estados de Europa (Alemania y otros del norte frente a los periféricos; muy particularmente frente al eje mediterráneo: España, Francia e Italia), el dinero ni llega ni se inyecta, y así resulta imposible financiar a intereses razonables la deuda de los estados más debilitados. Aquellos que, como España, necesitan recurrir al déficit aun teniendo endeudamientos sobre PIB relativamente bajos.

Lo paradógico del alineamiento español con las políticas e intereses alemanes, estando como están tan alejados de los nuestros, quizá se deba a esa búsqueda no reconocida de un modelo de ‘estado liberal’ (sin duda soñado por algunos de los que mueven, desde atrás, los hilos del actual Gobierno). Algo para lo que esta coyuntura representa una innegable oportunidad: una vez quede ‘probada’ la inviabilidad de nuestro vigente modelo (al margen de cómo y por quién se haya provocado), sólo quedará desmontarlo.

En todo caso, sea cuál sea el diagnóstico correcto, lo cierto es que sólo cuando los indicadores alemanes empiecen masivamente a fallar (y no antes) se podrá pensar en algún cambio de calado en el actual escenario europeo. Entre tanto, nos toca seguir fallando a los demás para que, algún día, eso les lleve a fallar también a ellos. Esperemos que entonces no sea demasiado tarde para nosotros.

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3 Responses to La otra cara de la realidad económica española (3). ¿Qué diagnóstico es el correcto?

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  2. Paul Krugman: “El (BCE) no está actuando como prestamista de última instancia y no compra la deuda soberana y bancaria española e italiana que debería comprar para reducir la prima de riesgo a bancos y gobiernos. Sin eso no se puede salir de las crisis. Si Alemania no cede, el euro se rompe.

    A veces da la impresión de que el BCE chantajea a los europeos y les dice que no va a hacer su trabajo como prestamista de última instancia si no se reduce el tamaño de su estado del bienestar. Y no lo hacen porque crean que eso contribuirá a salir de la crisis. Lo hacen porque odian profundamente el estado del bienestar. Los europeos se equivocan. No tendría que haber condiciones más allá de las impuestas al sector financiero.

    Si España no hubiera entrado en el euro, no habría habido burbuja, el regulador bancario español no hubiera tenido problemas. Y si España hubiera tenido manera de ajustar su tipo de cambio, incluso después de la burbuja, no habría habido problemas. Por lo tanto, el problema de España no es el regulador.

    En Estados Unidos el desastre fue causado por complicados productos financieros que nadie entendía. Europa consiguió crear un desastre similar con unos activos mucho más sencillos como eran los créditos inmobiliarios.

    En la parte positiva tenemos que los países del antiguo imperio romano se unieron para luchar contra Alemania.

    [Para terminar, mi querido amigo Fernando], felicidades a España por la victoria en la Eurocopa. Y si. Este tipo de victorias genera optimismo y el optimismo es bueno. Es más, pienso que hubiera sido terrible para la psicología del continente que Alemania ganara esta Eurocopa. No tuve la suerte de ver la final. Vi la semifinal de Alemania e Italia y me impresionó el juego de Italia. visto que España le ganó 4-0 en la final, ¡no puedo ni imaginarme lo bueno que debe ser España!”

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