SOBRE LA INOCENCIA


INOCENCIA

La inociencia se pierde cuando dejamos de creernos a nuestros enemigos (potenciales o reales), o a quienes simplemente nos perjudican, casual o intencionadamente. No se pierde por causa de los palos recibidos.

Los palos sólo nos pueden hacer perder la fe y la confianza, no necesariamente la inocencia (la entrega al rival). Tienden a hacernos más agrios, más malpensados, menos soñadores, más negativos y hasta menos bienintencionados, pero sin dejar por ello de ser inocentes.

Repito, la inocencia SOLO se pierde cuando dejamos de creernos a nuestros ‘enemigos’ (en sentido amplio). A aquellos a quienes nos unimos como compañeros o amigos fiables, leales o fieles pero que, en realidad, mantienen una agenda propia que, eventualmente, nos perjudica de forma injusta en nuestros intereses, tanto directa como indirectamente. Y aún así, siguen adelante con ella sin la menor contemplación, ni compasión ni reconocimiento ni reparo. Son personas que no sólo no nos interpretan sino que tampoco les seduce la idea de hacerlo.

El inocente siempre se cuestiona a sí mismo al menos un poco más que a aquél a quien percibe que le daña o no le beneficia. Y lo hace incluso cuando esgrime dicho perjuicio, y aunque en contrapartida al beneficio de su duda el otro se legitime y justifique para jamás (jamás) cuestionarse él, salvo anecdótica o tácticamente y sólo para confundir o hacer bajar la guardia a quien agravia al apelar a su lado más noble. En realidad, lo hace, no ceder en lo sustancial y ganar tiempo con lo intrascendente, con lo tangencial, para no asumir nunca una peor posición moral. Sabe que ése es el plano en el que se deciden todas las batallas.

El inocente, le vaya bien o le vaya mal, asume una inferioridad moral y otorga con ello toda la ventaja en el resto de planos. Siempre percibe y se le recuerda que debe estar en deuda o sentirse agradecido por algo que le dan o le hayan hecho o dado, sea lo que sea lo que pase luego o en paralelo. Rehuye no solo la lucha sino su propia razón e instinto aunque sea consciente de ambos.

Es traslucido ante su par y probable rival aun sabiendo de sus contradicciones, y pretende ganarse su favor o su gracia y hasta su compasión a pesar de salir siempre desfavorecido. Simplemente, se subestima (= no se respeta). Cree más a su potencial amenaza que a su propio interior.

De ahí que no oculte nada. Que todos los datos de su agenda estén abiertos. Que sus planes, ideas, inseguridades, frustraciones, sueños u hojas de ruta sean públicas, aunque impliquen a terceros.

No se reserva ciertas cosas ni segundas ni mediatas intenciones en razón de los escenarios que vayan emergiendo. Todos y cada uno de sus actos y pensamientos son narrados en tiempo real y explicados o justificados si así se lo demandan o él, en su inferioridad, siente esa necesidad. Da las explicaciones que le piden cuando se las piden, oportuna o inoportunamente. Apenas decide el canal (el cuándo y el cómo). Nunca pone un freno. Nunca exige reciprocidad. Sólo recurre al silencio para eludir el castigo. No es consciente de que sus concesiones, cesiones o deferencias pueden ser leídas desde el otro lado como un signo de debilidad (de falta de seguridad en su posición y razón), en lugar de como un gesto generoso y por tanto vistas con gratitud, no como un espacio más a ocupar. Porque no siempre se puede enseñar a través del ejemplo. No, cuando las relaciones son entendidas en razón de los equilibrios de poder.

Al final, el inocente facilita y es condescendiente con el orgullo, la incompetencia y la inmadurez. Se adapta en falso a esa zona de confort mental ajena. No pone a la figura inflexible y dominante en la disyuntiva de crecer y evolucionar para aspirar a él.

El inocente es un empático no asertivo. Un compensador nato de las autolimitaciones de otros. De los profesionales en hacer de su orgullo bandera. El inocente ni siquiera pide muestras de voluntad de evolucionar o el reconocimiento de esas autolimitaciones y de sus demoledores efectos sobre él en la medida en que carga con ellas. El inocente, simplemente, lleva la mochila, la excusa, la legitima y, porque todavía tiene recursos y fuerzas, espera seguir caminando igual. No sabe que las mochilas pesan más cuanto más se camina.

Ser uno mismo y esperar a que eso se imponga no siempre funciona. Aveces hay que asumir un tablero en el que se trata de ganar o perder. Un tablero donde se requiere de posicionamiento, simbolismo, estrategia y de un gran conocimiento del ‘rival’ (potencialmente cualquiera que esté cerca nuestra).

Pero el inocente tiene asumida o integrada su supuesta falta de recursos físicos, mentales o ambientales para hacerse valer. Por eso no se cotiza. Por eso normaliza la censura y el reproche, los cuales espera e integra. Y por eso parece que no aprende, que no escarmienta. Que pretende complicidades y se encomienda a terceros sin reparar en los posibles costes. Ni se cuestiona por qué las cosas no funcionan igual en las dos direccciones. Y si lo hace, lo normaliza y acepta.

Es como el negro que, si le va más o menos bien, se distancia de la causa contra el racismo. O la mujer que, si se siente en algo beneficiada, no percibe como tan injustos los agravios del machismo.

En realidad, legitiman o toleran lo que temen por miedo a perder sus privilegios; lo poco o mucho que obtengan que les dé cierta seguridad y confort, aunque sólo sean concesiones o una consecuencia más de la discriminación de la que son objeto, y aunque tengan que renunciar a lo más importante de sus vidas, a lo genuinamente suyo: ganancias, derechos, identidad, pasiones, personas, dignidad, intimidad, tiempo, lugares, proyectos; a la mera posibilidad de elegir. Se distancian emocionalmente de todo ello, con o sin argumentos, y siguen adelante … por miedo.

Temen ser castigados o represaliados. Temen al estigma, a la difamación, a quedar en evidencia. Temen a la soledad, al sabotaje, al chantaje, al boicot. Temen a los daños colaterales. Más que querer, temen y, como consecuencia, se adaptan, se paralizan o se despersonalizan y nunca llegan a tomar las riendas de sus vidas. Se quedan a medio camino entre lo que sienten y lo que otros esperan, y así se dejan llevar desde la duda y la inseguridad, las cuales ya interiorizan como típicamente suyas. Nunca ponen en su sitio a quienes se aprovechan de ellos; a quienes manejan sus hilos. Viven en función de parásitos, tiranos, celosos, ególatras, orgullosos, ventajistas, inseguros, mentirosos, inmaduros, acomplejados y cuadriculados a los que, sin embargo, tapan y defienden o ante los que simplemente claudican. Frente a los que se dejan arrastrar. Así hasta que se les mengua y esquilma y ellos mismos parasitan a terceros.

El inocente es un ser no sólo crédulo sino, sobre todo, temeroso. Que intenta hacer cosas [con otros] pero que nunca arriesga [apostango sólo por él]. Alguien no potenciado, no avalado, no reforzado; que ni se reivindica ni sindicaliza. Alguien sin red, a quien no se le ha enseñado a quererse o se le hizo olvidarlo.

Se encomienda temerariamente a terceros porque necesita creer en algo, en su caso externo. Por eso parece que no aprende de la experiencia o que atrae sólo lo malo. Pero no lo atrae, lo fija. Como el tímido, que se oculta por esa falta de creencia propia, no tiene ninguna predeterminación genética para su actitud. Es 100% educativo, cultural, ambiental, aunque sí se exploten ciertos factores y rasgos que facilitan la etiqueta: educación, pudor, maneras, entorno, decoro, cautela, necesidad, nobleza, introspección, bondad, salud, aspecto, … Factores internos y externos que, juntos, crean la predisposición.

Por ello, la pérdida de la inocencia como sinónimo de dignidad y de autoestima es necesaria y buena. Imprescindible para prosperar. Un signo de madurez y algo perfectamente compatible con el mantenimiento de la nobleza. Con no viciarnos, con no mutar, con no ser como quienes nos mienten, como quienes tergiversan, como los que no piensan más que en mantener su ventaja de manera opaca y egocéntrica. Gente que cuando te pones a su alcance y cierra el cerco sólo busca experimentar su superioridad. Ése es su alimento. De ahí su enganche y que todo lo que luego se desencadena sea, para ella, adictivo.

Sentirse superior crea adicción en cualquier terreno pero más en el moral.  Algo que se ve claramente en políticos y dictadores.

Sin embargo, quien pierde en la vida no es el noble, es quien siendo noble es además inocente. Quien se cree los engaños intencionados o instintivos, individuales o colectivos, no tanto por la calidad de los mismos sino porque no ha aprendido a creer en él. Porque necesita agarrarse a algo, tener ese foco fuera, quien le dirija en el sol o en la sombra, aunque sea ficticio o carezca de todo fundamento.

La creencia en uno mismo se debe decidir primero, aunque no se sienta, y luego practicarse hasta sentirla. Con respeto, con humildad, con sentido crítico, sin ego, aceptando otros puntos de vista y asumiendo los propios errores, pero escuchandose a uno más que al resto y sin ceder un ápice en esa voluntad de creencia propia. La inocencia no se cura con mecanismos de defensa, instalándose en la eterna duda sobre los demás, en la negación, en el excepticismo, en la incredulidad; siendo, en fin, un descreído. Así se pueden evitar muchos desengaños pero no se construye nada. No se es feliz.

La inocencia se cura creyendo en lo que nos dice nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro instinto cuando nos alejamos [el tiempo suficiente, hasta diariamente] de las influencias acechadoras. Todas aquellas personas que preguntan, repreguntan, recuerdan, opinan, apresuran, presionan, confunden, sobrecargan, rechazan, niegan, inundan, reclaman, proponen y piden cuentas de forma recurrente, confusa e inoportuna, con o sin nuestro permiso. La inocencia se cura con autonomía, con razón, con valores, con método y autogobierno. Y sobre todo, la inocencia se cura haciendo valer nuestro credo: «creo en mí …», y combinando el mismo con humildad y con respeto. Sólo así se madura.

Detrás de casi todas las personas socialmente vistas [y respetadas] como ‘seguras’ suelen encontrarse seres inflexibles, rígidos, orgullosos, egocéntricos. Personas atrincheradas en certidumbres de dos dimensiones, caudillos de su zona de confort (ay de quien caiga ahí), carentes de los mínimos recursos emocionales para integrar cualquier diferencia o complejidad ajena a la suya. Gente sin matices, para la que todo debe ser claro, simple, blanco o negro; que recurre a analogías absurdas sin más contacto con la realidad que critican y fusilan que la más superficial de las apariencias. Gente muchas veces sofisticada (maquiavélica) pero emocionalmente básica, sin evolucionar; gregaria y dependiente pese a su dominancia. Que da la espalda y no reconoce lo suyo, lo por ella elegido, con tal de sentirse integrada y congraciada con la ‘oficialidad’; con las fuerzas que lea como dominantes en cada momento.

Sólo con madurez, es decir con humildad (o respeto a la diferencia) y creencia propia (respeto a uno mismo), se crece y se ahuyenta, de verdad, a quienes pretenden, de un modo u otro, y por uno u otro motivo, imponer su soberanía sobre la nuestra. Sólo eso les quita su expectativa y, como consecuencia, les lleva a buscar ambientes más propicios, o directamente otras víctimas. Aunque si esto ocurre con sus tenazas ya cerradas, lo harán causando todo el desgarro posible en el proceso. No entienden de la voluntad ajena cuando la creyeron atrapada o sometida. La leen como un agravio, como un insulto, como un ataque, como una falta de respeto y hasta de gratitud. Y sobre todo, como algo que les puede desenmascarar o dejar en evidencia. Por ello la superioridad moral (la madre de todas las demás superioridades) para ellos nunca termina, puedan o no ejercerla. Mueren con dicho complejo. Con la idea de que alguien [inocente] (crédulo, temeroso o desasistido; cultural y ambientalmente vulnerable) debe responder … por ellos: por sus carencias, por sus vacios, por sus déficits, por sus traumas, por sus rigideces, por su no evolución o maduración insuficiente.

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About fernando de souza diaz pavon

What's the reason for this blog? Mainly, to show something different to the mainstream; an alternative view on current affairs able to challenge the 'status quo'. And also because, by sharing my thoughts, I feel freer. If I become, to some extent, influential through this activity, I just hope to help others to feel the same. Why not? Thus, don't expect to find here what you can read in the newspapers.
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